Colaboraciones Oconowocc: Carlos Reyes
«Cuentan las viejas leyendas que en el Edén originario, debajo del Árbol del Bien y del Mal, floreció un arbusto de rosas. All, nació un pájaro, de bello plumaje y un canto incomparable, y cuyos principios le convirtieron en el único ser que no quiso probar las frutas del Árbol. Cuando Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso, cayó sobre el nido una chispa de la espada de fuego de un Querubín, y el pájaro ardió al instante. Pero, de las propias llamas, surgió una nueva ave, el Fénix, con un plumaje inigualable, alas de color escarlata y cuerpo dorado.
Algunas fábulas lo sitúan posteriormente en Arabia, donde habitaba cerca de un pozo de aguas frescas y se bañaba todos los días entonando una melodía tan bella, que hacía que Dios detuviera su carro para escucharle. La inmortalidad, fue el premio a su fidelidad al precepto divino, junto a otras cualidades como el conocimiento, la capacidad curativa de sus lágrimas, o su increíble fuerza. A lo largo sus múltiples vidas, su misión es transmitir el saber que atesora desde su origen al pie del Árbol del Bien y del Mal, y servir de inspiración en sus trabajos a los buscadores del conocimiento, tanto artistas como científicos. Su cronología vital varía con la adaptación del mito. Así, cada 100, 500, 540 o más inclusive, lleva a cabo un ritual en su propio nido, la rellena de inciensos y plantas aromáticas, y al tiempo que entona la más bella de todas sus canciones, se prende a sí mi».
Tras leer este increible mito, acogido de la antigua Grecia, esta mañana lo he visto cumplirse. Mis ojos, aún enrojecidos y cansados por el soporífero cambio de hora, eran testigos de la maravillosa visión reflejada en el ya reconocido gesto de los «pajaritos», con el que el más grande de los pilotos de fórmula uno que ha dado nuestra historia, celebraba una victoria merecida y balsámica. Fernando Alonso resurgía de sus cenizas como lo haría el mismísimo Ave Fénix, para volver a demostrar la grandeza que atesora y que jamás le ha abandonado.
Puede que su escudería, mítica y legendaria, no esté actuando en consonancia con un piloto como él, que no acabe de darle el coche que merece. Pero lo que no podemos dudar es que mientras la sangre de Alonso corra a 300 por hora por sus venas, seremos testigos de muchas más carreras y alegrías como la de hoy.
¡Gracias Alonso, gracias Malasia!








